Agencia de Noticias Hawzah / El ser humano, como la más noble de las criaturas, posee razón, libre albedrío y una naturaleza divina, y según los versículos del Corán, goza de una dignidad intrínseca otorgada por Dios (Al-Isrá, 70). Gracias a esta dignidad, está dotado de capacidades y características físicas y espirituales especiales que lo diferencian claramente de los demás seres.
Apoyado en estas cualidades, el ser humano es capaz de enfrentar las situaciones más complejas. Puede resistir en medio de las dificultades y desafíos de la vida, recuperarse y continuar el camino del crecimiento y la superación.
Todas estas facultades forman parte de las potencialidades internas del ser humano. Esta capacidad se denomina “resiliencia”, entendida como la fuerza de adaptación y flexibilidad frente a los problemas y contratiempos de la vida. En otras palabras, la resiliencia es la habilidad de sobrevivir en condiciones adversas y críticas, de rehacerse y seguir adelante. En psicología, se define como el proceso de adaptación, de afrontamiento de los problemas y de resolución de los desafíos acompañado de esperanza frente a las dificultades.
Desde la perspectiva religiosa, la resiliencia no es únicamente un tema psicológico; constituye una fuerza fundamental que protege al ser humano de hundirse en las desgracias y pruebas de la vida.
Quien se enfrenta a la adversidad no piensa solo en protegerse del embate de los problemas, sino que busca crecer, superarse y crear nuevos significados en medio de la crisis. Este tipo de resiliencia, en la visión religiosa, se origina en la fe en Dios Todopoderoso. La fe es el principal pilar de la resiliencia.
El creyente sabe que Dios es el principio y el fin de la existencia. En las crisis terrenales, se entrega al Creador y reconoce que ninguna criatura puede moverse sin Su permiso. Los fieles sienten la presencia de Dios como una luz en su corazón y lo consideran un refugio seguro en la dificultad.
Quien tiene fe arraigada en su conocimiento ve el mundo como propiedad de Dios y se somete a Su voluntad. La resiliencia, en nuestras enseñanzas religiosas, está estrechamente vinculada a la fe, la paciencia, la aceptación y la confianza en Dios.
Quien ha interiorizado la fe no como palabra, sino como esencia, percibe las dificultades como pruebas divinas, cuya paciencia trae consigo crecimiento y felicidad eterna. El creyente entiende los problemas como exámenes de Dios, y la paciencia ante ellos como una oportunidad de fortalecer el alma y el espíritu. El Corán también se refiere a las pruebas divinas y presenta la paciencia como clave de la victoria (Al-Baqara, 155).
Desde una visión de unicidad divina, las crisis son percibidas como pruebas enviadas por Dios. El ser humano, sin dejar de esforzarse y planificar, deposita su confianza en Él y entrega su destino a Su voluntad. Se reconoce como nada frente a Su decreto, se somete a Su querer y coloca el beneplácito divino por encima del suyo.
La historia del Islam ofrece numerosos ejemplos de resiliencia auténtica basada en la fe, la confianza en Dios, la paciencia y la aceptación. Creyentes que, en medio de calamidades y pruebas, vivieron estas virtudes de forma plena, como Zaynab al-Kubra (la paz sea con ella), la abanderada de Karbalá, que en las mayores adversidades no vio sino belleza y eligió la paciencia.
Los mejores modelos para el ser humano actual son, sin duda, los amigos de Dios, aquellos que permanecieron fieles a su pacto hasta el final, que hicieron del corazón un santuario divino y no vieron a nadie más que a Él. Guardaron la fe como una luz en su interior para no extraviarse en la oscuridad del mundo.
En la actualidad, en un mundo lleno de problemas y crisis, la resiliencia es más necesaria que nunca, y la fe constituye uno de sus pilares esenciales. Cultivar el espíritu de unicidad y el recuerdo de Dios fortalece esta capacidad en medio de la adversidad.
El recuerdo de Dios es la mayor arma contra las dificultades y desafíos de nuestro tiempo: enciende la llama de la fe en el corazón y multiplica la fortaleza del espíritu humano. La experiencia demuestra que las sociedades con mayor fe y una vida espiritual más intensa poseen mayor resiliencia en las crisis.
En conjunto, las enseñanzas espirituales, tanto a nivel individual como colectivo, pueden contribuir a la formación de personas más firmes y comunidades más fuertes.
Rezvaneh Esmaeili Eivoli
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