کانَ أَبِی إِذا دَخَلَ شَهْرُ الْمُحَرَّمِ لا یُرَی ضاحِکاً، وَکانَتِ الْکَآبَةُ تَغْلِبُ عَلَیْهِ حَتّی یَمْضِیَ مِنْهُ عَشَرَةُ أَیّامٍ، فَإِذا کانَ الْیَوْمُ الْعاشِرُ کانَ ذَلِکَ الْیَوْمُ یَوْمَ مُصِیبَتِهِ وَحُزْنِهِ وَبُکَائِهِ...»
Cuando llegaba el mes de Muharram, ya no se veía a mi padre sonreír, y la tristeza y la aflicción lo dominaban hasta que pasaban los diez días de Muharram. Cuando llegaba el décimo día, ese día era un día de desgracia, duelo y llanto para mi padre.
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