Según informa la Agencia de Noticias Hawzah, con motivo del aniversario del fallecimiento del Profeta del Islam (la paz y las bendiciones sean con él y su familia), se aborda la cuestión de por qué, a pesar de todas las pruebas que los profetas soportaron en el camino de la invitación a la religión de Dios, el Mensajero de Dios afirmó que él fue quien más padeció sufrimientos y aflicciones.
Introducción
Las penas y dificultades que el Profeta del Islam, Muhammad al-Mustafá (la paz y las bendiciones sean con él y su familia), soportó en el camino de su misión fueron tan pesadas y desgarradoras que él mismo las describió con estas palabras:
«Ma ūdhiya nabiyyun mithla mā ūdhiitu» — Ningún profeta fue atormentado como yo lo fui. (Kashf al-Ghumma, vol. 2, p. 537)
Esta frase, transmitida también en otras fuentes confiables, aparece en el Manāqib de Ibn Shahrāshūb, donde se cita: El Profeta (la paz y las bendiciones sean con él) dijo: “Ningún profeta fue atormentado como yo lo fui” (vol. 3).
No solo el propio Profeta declaró la singularidad de sus sufrimientos, sino que también los Imames de Ahlul-Bayt (la paz sea con ellos) confirmaron esta verdad. Por ejemplo, el Imam Sadiq (la paz sea con él) dijo en un noble hadiz:
«Cuando te golpee una desgracia, recuerda la desgracia del Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones sean con él), pues ninguna criatura fue afligida como él». (Al-Kāfī, vol. 3, p. 220)
Estos relatos son apenas algunas de las numerosas transmisiones que, con expresiones similares, se encuentran repetidamente en diversas fuentes hadíticas tanto chiíes como sunníes.
De aquí surge la pregunta: ¿qué sucesos ocurrieron en la vida del Profeta del Islam, qué sufrimientos, privaciones y persecuciones padeció, que lo convirtieron en el más atribulado de los enviados divinos?
El período de su misión profética se prolongó unos 23 años, y sin embargo, según sus propias palabras, en ese tiempo soportó más dificultades que todos los demás profetas juntos. Al considerar la vida de Nuh (la paz sea con él), con su larga existencia llena de penurias, o las pruebas de Abraham, Zacarías y otros profetas (la paz sea con ellos), se comprende hasta qué punto el Profeta del Islam enfrentó tribulaciones insoportables.
La historia atestigua que en solo diez años de residencia en Medina se produjeron más de 80 expediciones y batallas. Con todo este peso, el Profeta consolidó y difundió la religión de Dios entre la gente, transmitiendo el islam de manera plena y sin omisión alguna. En los últimos años de su vida dijo: «He transmitido todo lo que Dios declaró lícito e ilícito; ya no queda nada sin haber sido anunciado».
Tres cargas pesadas que soportó el Profeta (la paz y las bendiciones sean con él)
1. La responsabilidad de guiar a la Ummah en medio de la ignorancia y la oscuridad.
La misión del Profeta Muhammad al-Mustafá (la paz y las bendiciones sean con él) fue incomparablemente más difícil que la de los demás profetas, pues debía llevar a la humanidad al culmen de la creación, presentar una religión perfecta y eterna y mostrar en el ser humano el modelo más acabado de jalīfatullah (viceregente de Dios). Una carga tan pesada que incluso las montañas habrían rehusado soportarla, y que lo expuso a angustias y sufrimientos indescriptibles. A ello se sumaba el estado atrasado y sombrío de la Arabia preislámica: lejos de recibir apoyo, sufrió los ataques más severos, desde acusaciones de locura o hechicería hasta agresiones físicas documentadas en detalle por la historia.
2. La lucha contra el enemigo abierto y el oculto.
El Profeta (la paz y las bendiciones sean con él) fue encargado del yihad contra los incrédulos y los hipócritas. El fenómeno del nifaq (hipocresía) le ocasionó las más intensas dificultades intelectuales, psicológicas y prácticas. Este movimiento subterráneo, con estrategias tanto veladas como abiertas, intentaba cada día dañar al islam. El Mensajero debía combatir a este grupo cuya hostilidad hacia el islam era incluso mayor que la de los incrédulos, pues estaban obligados a aparentar fe y ese disimulo acrecentaba su odio. Estos hipócritas, que vivían alrededor del Profeta, incluso atentaron en varias ocasiones contra su vida bendita.
3. El dolor por el futuro de la Ummah.
El Profeta del Islam (la paz y las bendiciones sean con él) tenía conocimiento, por permiso divino, de lo que ocurriría después de él. El sufrimiento de dedicar su vida a guiar a la Ummah y saber que no seguirían a su familia, ni respetarían a su hija, Fátima az-Zahrá (la paz sea con ella), era más doloroso que cualquier otro. Prever que su Ahlul-Bayt padecería las mayores tragedias y que sus esfuerzos serían traicionados constituía la más amarga de las aflicciones. Aun así, guió a su comunidad y fundó una Ummah que, a lo largo de los siglos, se convirtió en vanguardia de la humanidad. Sin embargo, la recompensa inmediata fueron la injusticia y la opresión: su familia y compañeros fueron torturados, perseguidos y asesinados, pese a que su única petición fue el amor hacia su Ahlul-Bayt.
Tal vez su descendiente ausente, el Imam Mahdi (Que Dios apresure su llegada), que comparte tantas similitudes con su abuelo, también comparta esta característica: ser objeto de múltiples injusticias, permanecer en prolongada ocultación y cargar con la paciencia como mandato divino, soportando en silencio amargas pruebas.
Contexto histórico
El Profeta del Islam (la paz y las bendiciones sean con él) fue enviado con una misión universal, a diferencia de los profetas anteriores que se dirigían solo a su propio pueblo. El Corán afirma: «No te enviamos sino a toda la humanidad, como portador de buenas nuevas y advertidor» (Saba’, 28). Esta universalidad implicaba una responsabilidad incomparable y un cúmulo de dificultades mayores.
Además, su misión tuvo lugar en la época más oscura de la historia: la jahiliyya, caracterizada por idolatría, guerras tribales, infanticidio femenino y una degradación moral generalizada. Predicar el monoteísmo y la ética en tal contexto generó las reacciones más violentas: fue acusado de loco y hechicero, lapidado en Taif, sitiado durante tres años en el valle de Abi Talib y constantemente amenazado de muerte. Incluso de sus propios parientes sufrió hostilidad, como la de Abu Lahab y su esposa, además del amplio fenómeno de la hipocresía tras la hégira a Medina.
En sus diez años en Medina lideró más de ochenta enfrentamientos militares, y además se enfrentó a la amarga realidad de haber sido enviado tras un largo intervalo profético: casi 570 años después de Jesús (la paz sea con él), en el llamado período de fatra, durante el cual la humanidad se había hundido profundamente en el politeísmo y la idolatría.
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